PINOCHO

Pinocho, un juego de identidad entre canciones, marionetas y máscaras

Ángela Patricia Jiménez Castro

El Festival Internacional de Teatro de Manizales nos vuelve a abrazar desde el calor de las salas, donde los espectadores nos encontramos de nuevo con el gesto del actor y revivimos allí las tensiones del acontecimiento teatral. Compañías internacionales, nacionales y locales hacen parte de este formato híbrido en la programación que nos invita a reflexionar sobre la restauración de la memoria colectiva, la reparación y el cambio del tejido social, pero también nos propone acercarnos a la magia del teatro que implica ampliar la dimensión de la imaginación e instalarse en otras realidades, ser cómplices del juego que proponen las diferentes dramaturgias en escena. En este sentido, la compañía risaraldense Tropa Teatro retoma el clásico de Carlo Collodi “Pinocho” como símbolo de las peripecias de la condición humana, un llamado a las búsquedas vitales y un reconocimiento a la exploración y a la voz de la infancia sumergida en la inocencia. Pinocho nace en el 2011, como una creación libre del grupo, en medio de un proceso de reflexión acerca de sus intereses colectivos, una búsqueda de decisiones estéticas y de nuevos puntos de encuentro desde dónde conversar con el espectador. El recorrido de la obra, desde entonces, ha sido amplio, “ha tenido una vida muy movida”, en palabras del director de la compañía Alonso Mejía Román, con 240 funciones, que invitan al espectador a ver una puesta escena ya con madurez.

Los escenarios de la obra han sido diversos, desde escuelas del campo en Dosquebradas (Risaralda) y patios de casas, hasta festivales como el Iberoamericano de Teatro de Bogotá (2012), el Festival Alternativo de Teatro (Bogotá, 2016), el IV Festival Alternativo de Teatro Joven Latinoamericano Sudaka, en Quito (Ecuador, 2011), y el ahora en el Festival Internacional de Teatro de Manizales, entre otros.

Pinocho, más que una obra infantil, es una obra familiar que propone un diálogo para enfrentar heroicamente los riesgos y certezas que conlleva el acto de ser real, a partir de una puesta en escena que integra canciones, marionetas, personajes y máscaras. En medio de esta odisea, Pinocho correrá el riesgo de ser devorado por brujas, tragado por ballenas, asaltado por mendigos, mordido por serpientes, burlado por pajarracos y enfrentado a las inclemencias del clima y la intemperie.

Hablamos con el director, Alonso Mejía Román, acerca los elementos que componen la obra y la esencia de su dramaturgia.

Al ser una obra que se ha presentado en grandes escenarios de sala, pero también en escenarios quizás reducidos como los patios de las casas, me sugiere que Pinocho es un montaje minimalista que trabaja más desde el gesto del actor…

En el proceso en que el actor puede hacer su propio material creativo nosotros trabajamos unos frentes muy sencillos: desde la música, cada actor tiene sus instrumentos musicales y producimos el sonido allí mismo; desde los objetos que amplían la dimensión de la imaginación; y desde la idea de que el teatro moviliza tiempo y espacio. En Pinocho todo se genera allí mismo en la escena, nunca hay salidas del espacio escénico, todo se condensa allí: la música, la cuestión corporal, cambios de vestuario, las situaciones, todo va dándose en un espacio que alude al surrealismo.

¿Cuáles son las características de la dramaturgia de Pinocho?

Hay que partir de la idea de que se trata de algo fantástico, se trata de un muñeco que está hecho de pino y quiere ser humano. Necesita un principio de suspensión de la credibilidad para que uno se instale en otro lugar, para entender desde el principio una realidad por fuera de la que es objetiva. Es un muñeco que se quiere transformar en un humano, desde allí parte la idea ficcional, pero plantea una cuestión fundamental de los seres humanos y son las cuestiones éticas, la verdad, las decisiones importantes a tomar, cómo las palabras lo comprometen, cómo uno mismo se va socavando y termina bien o mal, o cuál es la idea del bien o del mal. Plantea las cuestiones fundamentales, qué es más importante: ¿el amor por los padres o las relaciones? La idea de humanizar a un Pinocho hace que la gente se tiente.

La música es un elemento fundamental en el lenguaje de sus obras, en Pinocho, ¿la pieza musical funciona como un personaje más?

La música sucede desde adentro, de manera orgánica. La música es original y siempre buscamos que sea un elemento complementario de la obra. El material del actor son las marionetas, las músicas y los textos.

¿Cómo se trabajan las imágenes construidas a partir de objetos, marionetas y máscaras?

Es una galería de signos la variabilidad de las imágenes porque trabajamos mucho en la idea de que el espacio escénico es un espacio inestable en el que nada tiene por qué estar arraigado; y entonces en ese espacio inestable pueden suceder las cosas así como suceden en la pintura surrealista o en los demonios que hemos creado nosotros mismos en nuestros propios sueños para, de alguna manera, vernos ahí. Pero así suceden las cosas en la escena, estamos buscando la idea sobre cómo prestidigitar el tiempo, como si uno pudiera manipular el tiempo y fuera un jugador de cartas. Por eso también la idea que estamos respetando y le decimos “la caída de la tramoya”: no hay tras escenas, normalmente no usamos luces del teatro. Los objetos sirven para dibujar en la cabeza de los espectadores esa posible realidad, sin ser cosas exactas. Las marionetas y los objetos cumplen una función muy bonita allí y es que además de simbolizar las cosas y resignificarlas hacen lo que un humano no podría lograr.

Las marionetas amplían el espacio de la ficción para el espectador…

Privilegian más la imaginación que un gran montaje, la idea de jugar. Creo que si uno sigue haciendo teatro después de tanta insensatez para el mundo de los artistas es porque a uno le gusta jugar. No se puede renunciar al juego. Hemos venido desarrollando esa idea de las herramientas, la música y el color sobre la estructura de la dramaturgia.

¿En qué punto está hoy Pinocho, después de tantos años de montaje?

Somos un grupo que lleva mucho tiempo haciendo esa obra, entonces ya encontramos en ella toda su fluidez, a la obra no le sobra nada, sentimos que fluimos en ella y que dramatúrgicamente hablando tiene sus momentos interesantes, es un héroe que cumple con todos los requisitos para que la gente lo estime, pero también reconozca cuándo el personaje se equivoca.

Finalmente, ¿cómo es el teatro de Tropa?

El teatro que hacemos no es un teatro pesado, denso, que no tiene de nada de malo, pero es otra cosa; este es más liviano, más familiar, está hecho desde el juego y esto desactiva ciertos patrones que tiene uno cuando se hace espectador. Los personajes que hacemos son muy populares y de ahí también deviene el riesgo que se corre con ese humor, porque podría llegar a ser, en algún momento, de mal gusto, pero ahí estamos siempre: al filo de la navaja.