MIRADAS – SI ME MUERO ES SUYA

SI ME MUERO ES SUYA

Autor y director: Jorge Hugo Marín
Director Audiovisual: Felipe Flórez.
Grupo: La Maldita Vanidad

Wilson Escobar Ramírez

Con ese naturalismo criollo al que ha acostumbrado a sus espectadores, expuesto en una suerte de desdramatización de sus personajes, muy próximos al público y naturalizados en su expresión géstica, La Maldita Vanidad sale bien librada -con su último montaje “Si me muero es suya”- del embrollo en que ha metido la pandemia al mundo de las artes escénicas.

Quizás ese lenguaje tan reconocible en la compañía colombiana le sienta mejor que a otras agrupaciones en el obligatorio formato en el que hoy deben presentar sus espectáculos: previamente grabados o presentados on line, pero siempre mediados por una pantalla. En frente, Jorge Hugo Marín, dramaturgo y director, tenía un reto mayor: cómo conservar ese naturalismo del actor frente al aparato electrónico que está presente en la escena y, más aún, cómo transmitir esa intimidad que se establece entre sus personajes y el público, ya no solo por la cercanía de este último sino por la carga dramática que suele comparecer en sus creaciones.

La obra vista en esta edición transmedial del Festival de Manizales situa al espectador en la sala de recibo de una antigua casona bogotana, y desde la primera imagen que registra el diálogo entre los dos personajes se deja ver el operador de una cámara de video, que comparte el espacio escénico. Un error de producción? Nos preguntamos desde nuestra butaca. El camarógrafo sigue allí por varios minutos y bien pudiéramos colegir que se trata de una provocación que también se ha naturalizado en el espectáculo. La razón de que esté allí es, no solamente técnica, sino también narrativa: probablemente se quiera evidenciar que como espectadores estamos viendo el drama a través de un filtro mediático, que debemos aceptar… y olvidar. Efectivamente, al camarógrafo no lo volveremos a ver en los siguientes minutos y, quizás, ni lo hayamos notado; volverá a aparecer en los minutos finales para dar cuenta de varios contraplanos de los personajes.

Y es que la manera que encontró La Maldita Vanidad para conservar esta comunicación íntima con el espectador, no es otra que un extenso plano secuencia que hace más inmersiva la experiencia del público, al permitirle a través de un plano subjetivo (que es nuestra mirada) subir al escenario, sentirse rodeado por los objetos, incluso por Capitan, el perro guardian que acompaña la velada de conversación entre la anciana, de la que sabremos más adelante su nombre, y el potencial comprador de la casa. Un plano secuencia que nos lleva hacia la oscuridad del espacio, donde la compañía pone en escena (a través de la proyección documental) los recuerdos fugaces de la mujer y por donde pasa, de manera fragmentada, casi como una ensoñación, algunos momentos de la historia de violencia del país. Todo un acierto perceptivo que marca distancia con el lenguaje televisivo, al evitar cortes innecesarios e imprimirle una continuidad sólida a las acciones dramáticas y la presencia permanente del actor en escena, clave para entender que aquello es teatro de actores.

Y, olvidados ya de esos recursos televisuales, los espectadores se entregan a un relato que habla de dos seres inmersos en una situación mercantil habitual: la compraventa de un inmueble. Pero lo que transcurre allí es sólo el pretexto para adentrarnos en la soledad y el abandono de la memoria de una anciana, de la que poco a poco vamos apropiando su biografía, y de la que creemos es una señora del común ante el final de su existencia. Carmenza Gómez y David Osorio nos llevan de la mano por esa oscura casa, con solo la evocación del lugar, por los recuerdos culposos de la familia; Ella -Maria Eugenia- nos confiesa, casi al oído, las penuias y rencores que tiene hacia sus hijos, hoy en la cárcel. El, Ruben, un ilusionado comprador, ve interrumpida insistentemente la conversación por las llamadas insistentes de su hijo y de su esposa, a través de las cuales nos revela la crisis por la que atraviesa su familia.

Todo en este extenso diálogo es de una sutileza mayúscula, sin que el espectador perciba con facilidad el subtexto que va emergiendo a través de él gracias a unos pequeños giros: el “sospechoso” comprador de una casa de 2500 millones de pesos, que no tiene donde caer muerto, sirve también como pretexto para descubrirnos que detrás de esta tierna anciana se esconde no sólo una figura pública de la historia de este país, sino también de sus intensiones corruptas. Una herencia familiar vista a través del retrato que se ve al final.