Volvernos niños

Volvernos niños

Con la dirección de José Alonso Mejía Román, el grupo Tropa Teatro de Pereira nos trajo para esta versión del Festival Internacional de Teatro de Manizales, como una recreación del clásico de Carlo Collodi, Pinocho. Todo muy simbólico, desde la presencia en el escenario, antes del espectáculo de cuatro personajes, haciendo calistenia preparatoria, luego nos daríamos cuenta que faltaba un personaje, que obviamente era un muñeco de madera, lo estaría terminando el juicioso carpintero. En el escenario estaba todo: instrumentos musicales, vestuario colgado en un práctico alambre, marionetas y demás utilería propia del espectáculo.

El ambiente de la sala muy festivo, a pesar del distanciamiento social que limitaba el aforo, pero magnificaba la presencia de los niños espectadores que con su sereno bullicio nos fueron induciendo a ser en realidad el niño que todos llevamos dentro y tantas veces lo aplacamos por temor a vernos ridículos, ¡que pesar perder esa importante sensibilidad!. 

La música interpretada en vivo con guitarra, batería, clarinete, pandereta y otros instrumentos, hacia más alegre ese domingo, la iluminación y el manejo de algunos títeres complementaban toda la obra. El público infantil sabía que como era una función con adultos también, debían comportarse a la altura, pero la altura de ellos, afortunadamente era mínima y pronto el espectáculo los fue involucrando poco a poco, casi imperceptiblemente.

Llega el momento de la aparición del muñeco de madera de pino, Pinocho, quien de un momento otro y por arte del encanto se convierte en humano. Llama a su creador papaíto y así como le fue insuflada el alma para darle creación real, le inculcan el valor de la educación, para lo cual debe ir a la escuela y además tendrá a su lado a Pepe grillo, quien será una especie de su conciencia que le dirá como no debe obrar.

El día de ir a estudiar aparecen unos personajes de circo, que lo inducen a buscar realización en el trabajo, no necesitan mucho esfuerzo para convencerlo y así comienza su declive, pero también su interacción con el publico pidiéndole colaboración después de realizar sus bailes, piruetas y trabajo en la cuerda floja del circo. Los niños presentes y sus acompañantes empiezan a darle las monedas que pide y así se desplaza al patio de butacas, para dinamizar el espectáculo. Después se da cuenta que lo están explotando y se les vuela.

Pero sus desventuras continuarán pues cae en el país de los zoquetes que no son más que unos aprovechadores de su ingenuidad, que trata de ser contrarrestada con la ayuda de los niños que le dan mensajes sobre los peligros que él no ve en el escenario. Siempre pensando en monedas de oro para su papaíto y esa es su motivación. Indagando en la búsqueda de él, encuentra un hada que lo interrogará sobre sus andanzas y así se da cuenta que con cada mentira crece su nariz y que solo contándole la verdad recobrará su original nariz, un proceso de arrepentimiento.

Al saber que su progenitor está en el mar se dirige ayudado por el hada y un ave. Así logró escapar de unas brujas que querían comérselo aunque les supiera a madera, por su origen y tuvieran que agregar muchos elementos extraños para sazonar ese muñeco de palo a quien siempre alertaban los niños asistentes con gestos medias voces, susurros y gritos, según el peligro y las circunstancias, completamente involucrados en la obra.

En el mar una ballena se traga a  Pinocho y también a su papaíto, en la barrigota, se buscan incansablemente y el encuentro es emocionante, buscan luego como escapar y lo logran. El espectáculo es maravilloso pues todos terminamos siendo niños, y salimos libres de cargas, por lo cual el director al cerrar el espectáculo solo le resta decir Gracias a los niños, por traer a sus padres.

Germán Sarasty Moncada
Profesional en Filosofía y Letras
Universidad de Caldas