MIRADAS – El espectador re-mediado

El espectador re-mediado

Wilson Escobar Ramírez*

Lo que estaba en juego esta edición del Festival de Manizales no era el teatro y su anunciada crisis por cuenta del parón en seco al que se vio sometido desde marzo pasado. Luego de siete días de programación y decenas de funciones para ser “presenciadas” a través de la pantalla, lo que quedó claro es que el teatro ha poetizado la tecnología de cada época y, ahora, la que pareciera más lejana a su canon de re-presentación se ha tornado cercana y amigable: la tecnología digital y su expresión en el ciberespacio.

Y allí se hizo presente el teatro, con un portafolio de obras hechas y grabadas sobre escenarios teatrales antes del confinamiento; otras que surgieron en medio de las medidas de contención y se pensaron con temáticas y formas narrativas que emergieron de la contingencia; y otras que allanaron el estrecho espacio que se crea entre la pantalla y el rostro, para encontrar -en eso que Zygmunt Bauman llama “los no lugares”- un resquicio de teatralidad.

El teatro fue quizás la última de las artes en resistirse a ser mediada por estas tecnologías, pero en la segunda mitad del siglo XX se demostró cómo el video podía no sólo ilustrar o complementar la escena a través de las proyecciones de corte documental, sino acompañar el sistema narrativo de la obra e integrarse a sus códigos teatrales; luego, con la irrupción de la red de redes, la exploración dramatúrgica se enriqueció de tal manera que ya incluso el oficio del creador, en muchos casos, requirió de ser un “sistematurgo”, como bien lo acuña Marcel.lí Antunes Roca.

Antes de la pandemia muchos teatros en el mundo venían integrando la imagen digital en la escena y habían puesto a dialogar la fría imagen electrónica con la calidez del cuerpo humano. Incluso en un continente como el latinoamericano, donde las limitadas condiciones de producción y la tradición de la escena -anclada más en el realismo y el naturalismo- podría distar de estas prácticas del “hi tech”, se han llevado a cabo experiencias de punta como las del Teatro Cinema, de Chile, con el hibridación de los lenguajes del cine, el comic y el teatro; o las provocaciones del artista interdisciplinario Matías Umpierrez, especialmente aquella visionaria “Distancia”, que prefiguró desde su estreno en 2013 la manera como veríamos el teatro en estos tiempos de crisis sanitaria: en una pantalla dividida en cuadritos.
Sí. El teatro de antes de la pandemia ya involucraba a los nuevos medios, que a su vez re-mediaban a los anteriores, como lo supo advertir MacLuhan, y más recientemente Bolter y Grusin, quienes advierten que el contenido de cualquier medio es siempre, a su vez, otro medio distinto: la escritura supone el lenguaje oral, la prensa supone la escritura manual o el telégrafo mismo; el video supone la televisión, y esta el cine.

También el teatro entendió que el re-medio de estos tiempos está en las lógicas de la internet, que remedia, así mismo a la televisión, al video y al cine mismo.
Y, por qué no, el espectador teatral también ha resultado remediado en esta permanente mutación de las artes en su cruce con las tecnologías: un espectador al que ya le es familiar la multipantalla, la interacción, la sensación inmersiva, la serialidad y fractura de la trama. Un espectador que, antes de la pandemia, ya recalaba en las salas con sus prótesis tecnológicas, con su desplazamiento perceptivo hacia la imagen proyectada-emitida, o con sus deseos de dar like a una escena… Por ello, a ese espectador no le resultó complejo seguir la propuesta uruguaya “Dos hermanas”, en la que dos actrices nos asoman a las virtudes y defectos del distanciamiento corporal y a la proximidad de la comunicación en red, a través de un relato fragmentado en cuatro cortos capítulos. La fuerza del texto y la expresión dramática de las dos actrices, contenida básicamente en sus rostros, sostienen al público frente a la pantalla en la lógica de la serie televisiva, que amarra al televidente entre capítulo y capítulo.
La chilena “Mentes salvajes”, de Centro GAM, es otra de las buenas provocaciones que competen a ese espectador remediado. En directo, vía steamming, cinco actores se ponen frente a la pantalla dividida del zoom para encarnar a unos personajes extraordinarios que sueñan despiertos de manera compulsiva. Asistimos, como espectadores, a una especie de webinar para fisgonear las revelaciones que se hacen estos expertos de la ensoñación.

Un paso más adelante, en esta relación con el espectador remediado, lo da “Mía sobre ella misma”, de la colombiana DECA Teatro, que propone una trama de amores simultáneos vía zoom y en la que el espectador debe interactuar con su teléfono celular, vía WhatsApp, para votar por la pareja que se quiere conocer primero, escuchar secretos que desconocen algunos de los personajes, ver -a manera de flash back- sucesos pasados, o simplemente compartir sus sensaciones con los otros espectadores, a través de emoticones y memes, en los distintos momentos de la función. Todo un reto de sincronización que quizás alguna parte del público no logre, pero que responde a esas lógicas de interacción en la multipantalla.

Son ejemplos de cómo el teatro viene poetizando a los medios de la civilización actual; unos medios que, como dice Pavis, “nos desconectan y nos reconectan con nuestro propio cuerpo”. Porque lo que estaba en juego en esta edición extraoridinaria del Festival no era el teatro, sino las maneras como se iba a comunicar con un espectador ya remediado.

*Docente Universidad de Manizales. Crítico e investigador teatral.