MIRADAS – Ana contra la muerte

Ana contra la muerte

Por: Ángela Patricia Jiménez Castro.

“[…] hicimos una pausa, nos salimos de nuestras repeticiones de los últimos tiempos, de personajes históricos, de la tragedia, la comedia, las historias fantásticas, rebuscadas y paranormales, nos salimos de la maquinaria del teatro, […] nos salimos para volver”. Con este prólogo desdramatizado comienza Ana contra la muerte, como expresión que nos dialoga sobre una pausa en los lenguajes trabajados tradicionalmente por el dramaturgo Gabriel Calderón y pone en escena, con la voz de Marisa Bentancur, el llamado a recorrer juntos una historia dolorosa en la que no podremos evadir la realidad, pero tampoco encontraremos la realidad misma.

“Ana contra la muerte” habla de la muerte; su hijo tiene cáncer y ella no puede asumir el costo del tratamiento, pero tampoco puede ni quiere dejar que su hijo se muera. La obra muestra todo lo que Ana está dispuesta a hacer para salvarlo. En un diálogo previo con el dramaturgo, explicaba que esta sería una pieza difícil para el espectador porque durante una hora y 20 minutos no lo suelta, no lo deja descansar; y efectivamente no solo nos enfrentamos a un texto duro, que arde en la intensidad y el dolor, sino también a la desbordante energía, fuerza y versatilidad de tres actrices que dejan su alma completa en el escenario, sin parar, sin darnos pausas o permitirnos en algunos instantes estar en calma, código muy característico en el lenguaje de Gabriel Calderón y que conserva en esta obra, una partitura que nos incomoda, nos destroza y nos recompone.

Sin duda, con esta pieza Gabriel Calderón logra establecer una relación absolutamente íntima con el espectador, nos habla de una manera tan cercana y directa, sin adornos, que difumina por completo la “barrera” de la pantalla (plataforma que sirvió para visualizarla en el marco del Festival), hace que nos olvidemos de este recurso audiovisual y que experimentemos una conexión emocional tan fuerte para abrazar nuestros sentidos y remover el alma. ¿Terminamos agotados en el patio de butacas? Creo que sí, agotados de sentir, de escuchar lo que queremos y no queremos, lo que nos gusta y disgusta, de pensar en lo que es justo y lo que es injusto, de cuestionar la muerte, de ver que “el mundo es una balanza rota” y que “morir es fácil, es gratis”, de reflexionar sobre la injusticia de lo inevitable y del poder de las ideas como herramientas para enfrentar el mundo. En sentido, la obra nos saca de nuestra zona de confort y nos vuelve espectadores activos: ¿Entendemos a Ana?, ¿nos parece peligrosa?, ¿la defendemos?, ¿la rechazamos?, ¿haríamos lo mismo?, ¿seríamos capaces de resistirnos a la muerte?

Creo que otro de los aciertos para aplaudir en “Ana contra la muerte” es la simplicidad del montaje, que se fue llenando no solo con el texto sino con la transmisión de 13 personajes más a lo largo del relato; los cuerpos de Marisa Bentancur y María Mendive sostuvieron esas modalidades de actuación con los mínimos gestos necesarios y sin ningún elemento adicional para hacer que como espectadores comprendiéramos cuando llegaba la enfermera, la jueza, la policía, etc. Esta sugerencia de movimientos y de ideas para llegar a distintos personajes es tan natural que logra ser contunde y transmitir credibilidad; no se necesita nada más allá del gesto, el gesto del actor, ese es el que nos dialoga permanentemente en la obra.

Calderón pone en escena a la muerte, pero no la vemos, supera el riesgo de caer en el cliché o la “banalidad” de hablar sobre la compleja realidad, la pone con inteligencia, sin concesiones, pero incluso con belleza poética y estética. Casi al final, antes de la última escena, cuando ya habíamos creído “ver” la muerte y el corazón dejó de latir, vuelve a desdramatizar el diálogo y nos sacude con el último golpe de fuerza de resistencia hacia lo inevitable, hacia la muerte: “Nosotras pensamos que este es el final de la obra, pero no queremos terminar con la muerte del hijo, queremos intentar una escena más”.

Pienso que, con esta pieza, Calderón nos vuelve cómplices de su pausa y se lo agradecemos, porque nos recuerda, aunque sin intención, la funcionalidad del teatro en nuestra existencia, ese para qué del arte que “amplía las experiencias vitales”, como él mismo lo afirma: “Creo que mi vida ha sido mucho mejor desde que tengo el paladar del arte y lo voy educando. Se me amplía el campo de las experiencias vitales. Dejo de ser una persona que se levanta, come, trabaja y duerme. Estoy seguro de que lo artístico te hace más grande el tránsito” (El Observador, Uruguay).

Somos testigos, además, de una obra que quizás ha sido el estreno más representativo del teatro latinoamericano durante este 2020 (según expertos) y que nos motiva a continuar los pasos del dramaturgo, ¿cuál será su próxima creación? “Yo tengo muy presente que esta obra es una pausa, no expresa un camino nuevo en el que ya no hay retorno. Yo creo que cuando vuelva a trabajar sobre el humor o lo fantasioso, lo voy a hacer permeado de este proceso”, asegura el dramaturgo.