LOS PECADOS CAPITALISTAS DE ROBLEDO

LOS PECADOS CAPITALISTAS DE ROBLEDO

Siete pequeñas tarjetas depositadas sobre una mesa contienen los nombres de los pecados capitales; en ellas están escritas como en una baraja la soberbia, la avaricia, la lujuria, la ira, la gula, la envidia y la pereza. En una escena estática aparece una periodista reconocida, también un músico, y una actriz que en ocasiones interrumpe el diálogo con canciones que evocan los tiempos del Susana Rinaldi o de Alfredo Zitarrosa; al fondo brilla el cabello blanco de Jorge Enrique Robledo, uno de los políticos de oposición más destacado en la historia reciente del país. Suena Cambalache, el tango de Enrique Santos Discépolo, siempre oportuno para crear una atmósfera de fracaso y desesperanza. La entrevistadora, sin barajar las cartas, escoge la soberbia como tema y envía un primer mensaje que parece augurar una conversación de contenidos emocionales explícitos con un político avezado en el uso de argumentos, veterano en controversias.

–¿Es usted un hombre religioso?—la pregunta hace dudar a Robledo, cambia de posición en la silla, adopta una postura poco común: apoya el codo del brazo derecho en la mano izquierda. Piensa y responde con monosílabos:

–No lo soy…–.

En la fila de atrás, dos mujeres inician una conversación; durante los sesenta minutos harán comentarios críticos sobre las respuestas de Robledo. Subirán el volumen de voz cuando el fantasma de Gustavo Petro atraviesa la escena; guardarán silencio ante otros nombres de personajes que representan y ejercen los poderes en Colombia.

A la manera de una intersección entre la presentación de una opinión política elaborada  y  la representación de una obra empujada por una partitura, la puesta en escena va de las preguntas a las respuestas propias de una entrevista convencional, transita por canciones del repertorio de la música latinoamericana y por improvisaciones musicales que el público pondrá en contexto con las respuestas. La idea de articular dos formas ficcionales de narrar la política se convierten en el centro del performance. Robledo y la actriz se dirigen al público con propósitos distintos: él hace gala de elocuencia, ella induce a la sospecha y a la ironía.

Un pedazo de la historia reciente del país entra en escena, se ponen en tensión visiones e ideologías contrapuestas en una sociedad que, por estos días, busca en las calles crear alternativas a sus profundas conflictividades. Robledo aborda con sutileza la pregunta por la soberbia; la entrevistadora lo interroga sobre la incapacidad de la izquierda para crear un proyecto político común; como es usual, la respuesta queda en el aire.

En un monólogo precioso escrito por el mexicano Juan Villoro, Conferencia sobre la Lluvia, un bibliotecario extravía los papeles de la conferencia y se ve obligado a improvisar un discurso en el cual se mezclan dos formas de exposición: la conferencia y la confesión. En los pecados capitalistas a ninguno de los participantes se le pierden los papeles.  

Al cierre, en la fila de atrás, las señoras lanzan la afirmación aburrida y sorda de aquella historia no conocida que es obligada a repetirse. El teatro queda en deuda, el discurso político gana la partida en el escenario.

Mario Hernán López.