La mirada del avestruz, el gesto de un lamento silencioso

La mirada del avestruz, el gesto de un lamento silencioso

Ángela Patricia Jiménez Castro

El fuerte sonido de un disparo irrumpe en el teatro. A partir de allí múltiples imágenes de cuerpos en constante movimiento expanden el escenario, y desnudan su alma al ritmo de exuberantes sonidos musicales y lamentos que irradian angustia, dolor y sutileza. Así comienza La mirada del avestruz de la compañía L’Expose, obra que toma como punto de partida las huellas que ha dejado la violencia en Colombia y cómo el desplazamiento forzado ha sido una de las consecuencias más evidentes del conflicto armado. Esta propuesta de danza-teatro, escrita por Juliana Reyes y dirigida por Tino Fernández (que falleció el año pasado), nace en el 2002, a partir de la reflexión sobre la violencia en Colombia como fenómeno que está ligado a la tierra, a su expulsión, pero también a la necesidad de quedarse con ella y ararla.

El proceso de investigación contó con el visionado de la serie documental de Alfredo Molano alrededor del conflicto en Colombia que definió elementos de interés para la dramaturgia: el rol de numerosas mujeres como voceras de las historias, mujeres solitarias mientras que los hombres habían desaparecido o estaban en combate, el silencio obligado en las personas que anhelaban hablar, o las voces que no se alcanzaban a escuchar. En los documentos era claro que “el desplazamiento estaba muy anclado en las victimas más frágiles del conflicto, entonces partimos un poco de ahí; las mujeres tienen un papel muy protagónico en la obra. Otra cosa que vimos era cómo la palabra llegaba casi siempre sorda, era una palabra lejana; con esos elementos empezamos a construir un poco la metáfora de la pieza y pensando además que el conflicto está fundamentalmente desarrollado en el cuerpo”, explica Juliana Rayas, dramaturga de la obra.
La desolación, el ruido sordo de la rabia, el sentimiento frustrado y doloroso del desarraigo, el amor por la tierra y el deseo de volver a ella se manifiestan en la piel, en los gestos de los personajes, en sus movimientos dramáticos y exaltados, en sus rostros, brazos, piernas y vientres marcados por el color de la tierra; una tierra manifestada como el lienzo que compila sus historias, pasiones y temores. Toda la pieza presenta una serie de signos, códigos y sonidos que poetizan la experiencia del espectador frente a ese abanico de imágenes que parecieran buscar un sentido a la comunión del cuerpo consigo mismo y con el mundo que lo rodea. Esta comunión está marcada en el ritmo; un ritmo que nos eleva a un encuentro sensorial y quizás espiritual para encontrarnos o definir nuestra historia. El mosaico musical eleva toda la pieza y le otorga un poco de surrealismo en cuanto a una búsqueda constante sobre qué aferrarse: en la tierra (ella misma).

La mirada del avestruz nos sumerge en una bella y violenta, pero estética, realidad poética cuya partitura se componen de imágenes y vertiginosos cuerpos danzando que nos dicen algo sobre nuestra historia colombiana y sobre nosotros mismos, y que ese algo, aunque doloroso, nos revela lo que verdaderamente somos y sentimos: un diálogo permanente entre el amor y la desolación, lo celeste y lo terrenal; la oscilación entre el pasado y el presente; la incertidumbre del devenir; el ritmo que evoca la búsqueda y el encuentro del ser, de nuestro ser y su naturaleza; somos lenguaje, cuerpos convertidos en música, texto y símbolos para ser leídos o simplemente para sentirnos llenos de vida; somos el ritmo de una sociedad agitada por las secuelas de la violencia, el estrepitoso ruido del desalojo y las voces olvidadas, y la realidad disonante entre la desigualdad y la orfandad.
Los cuerpos en escena reflejan el dolor ante el latir agotado de una naturaleza despojada de libertad. Al poetizar el conflicto, la soledad y la angustia del desplazamiento, la obra nos habla a todos, en un diálogo que nos podría sugerir una resignificación de nuestra imagen sobre la historia del país y la forma en que se ha contado, pues ahora está centrada en el cuerpo, un cuerpo agredido y deshabitado. Con La mirada del avestruz nos volvemos cómplices como espectadores del acto permanente por descubrirnos y comprender los gestos del morir mientras se vive, porque en nuestra historia quizás la muerte es la propia vida.