HUELLAS – Santiago García “Un Brecht con máscara de campesino” *

Santiago García “Un Brecht con máscara de campesino” *

El Festival rindé homenaje a Santiago García, uno de los padres del nuevo teatro colombiano y referente obligado del llamado “teatro de compromiso” que alimentó la dramática de los teatros emblemáticos de América Latina. TEXTOS recuerda al que fuera creador, dramaturgo y director del Teatro La Candelaria.

“De los buenos nadie hace memoria, porque el bien no se aprende y el mal se pega…”. Fragmento del “Diálogo del Rebusque”, escrita por Santiago García e inspirada en la obra de Francisco de Quevedo

Wilson Escobar Ramírez**

Con su marcado acento rolo Santiago García solía aparecer sobre el escenario, minutos antes de la función, para agradecer la presencia del público, y acto seguido lanzaba una serie de diatribas, atravesadas por ese humor fino bogotano, sobre el abandono del teatro por parte de los gobiernos de turno, o para denunciar la compleja y violenta realidad del país que, enseguida, iríamos a constatar en el montaje de su grupo La Candelaria.
Ese gesto, tan propio de la pancarta ideológica de los teatros de compromiso nacidos en los años sesenta, y que tenía como colofón el foro con el público al cierre de cada función, se mantuvo en Santiago García y su grupo como un sello de identidad, como parte de un ritual que todos reclamábamos y disfrutábamos desde el patio de butacas.
La aparición del maestro Santiago en la antesala de sus obras se nos antojaba a muchos como esa suerte de Tadeusz Kantor, el gran creador polaco que dirigía sus propios espectáculos subido en el escenario como si se tratara de un director de orquesta, delante de todo el público; otros, con la cinefilia a cuestas, asimilábamos esa fugaz aparición con la del director inglés Alfred Hitchcock, que solía actuar de figurante en alguna escena durante los primeros cinco minutos, un guiño que convertíamos en apuestas por quién podía encontrar, en medio de la muchedumbre, la icónica figura del creador del suspense en el cine. Pero lo de Santiago no tenía esas pretensiones de refinamiento inglés, sino de provocación.
“Estoy aquí para darle tiempo a algunos actores que llegaron retrasados y se están terminando de vestir”, le alcanzamos a escuchar en la antesala de una función de “A Manteles”, uno de esos montajes que, como tantos otros que dirigió en ese marco de la creación colectiva, constataban la inmensa vitalidad de un ser comprometido con el arte y con la vida. Tenía para entonces (2010) más de ochenta años y, atento al mundo y sus cambios vertiginosos, jugaba en este montaje con la imagen digital, con cámaras de video subidas a escena, proyección desde adentro y fuera del escenario, como si fuera un nativo digital entregado al placer de la imagen y de la palabra.

Rebuscando a Santiago

Iniciados en el teatro como espectadores expectantes de los primeros nuevos festivales manizaleños, asistimos con regusto a la función en el Teatro Los Fundadores de la obra “Diálogo del rebusque” en un ya lejano 1987. Aquello era toda una celebración del juego del actor, de la comedia de enredos, de la grácil mezcla del lenguaje clásico de Quevedo y Villegas con la picardía bogotana; de unos personajes entrañables envueltos en una maraña de situaciones divertidísimas, que se ensanchaban en una escenografía plena de plasticidad y recursividad tan propia del grupo. Era su primera aventura en solitario como dramaturgo, pues todo su recorrido como hacedor escénico desde 1956 había sido en función de la creación en colectivo, una curiosa forma de proceder (la teoría le llama “método”) para crear una obra en la que el autor y el director desaparecen para empoderar a los actores y hacerlos dueños de sus textos, sus acciones, su géstica… “Para nosotros más que un método es una actitud; la actitud de creer y crear con el otro y con la otra, de respetarse en la diferencia y en la divergencia”, defendía.
Y es que Santiago era un convencido de que la creación en el arte siempre ha sido en colectivo, y ponía de ejemplo la catedral de Notre Dame, una colosal obra que sólo fue posible por el compromiso colectivo de una sociedad entregada al fervor religioso y al placer estético. También él bebió de la arquitectura, en la que se formó en sus tempranos años, para enriquecer la naciente escena colombiana y diseñar los nuevos aires de la dramaturgia por donde iría a trasegar el renovado teatro criollo: un 6 de junio de 1966, a las 6:00 de la tarde, amparado en esos números cabalísticos que siempre le gustaron, inauguró la Casa de la Cultura de Bogotá con la obra “Saldados”. Se había rodeado de un colectivo de artistas allegados desde distintas experiencias en la escena como Patricia Ariza, Vicky Hernández, Miguel Torres, Gustavo Angarita, Carlos José Reyes, Francisco Martínez, entre muchos otros que hicieron posible este sueño, que dos años después, y en una casa colonial del barrio La Candelaria, se convirtió en el colectivo más internacional y más influyente que ha tenido la historia teatral del país: El Teatro La Candelaria.
Allí, en el corazón mismo del tradicional barrio bogotano, durante cincuenta años Santiago García hizo de la casa no solo un teatro para presentar funciones, sino un hogar para un puñado de artistas que se reunían todas las mañanas para soñar en colectivo, y un hogar de paso para cientos de artistas que recalaron (y lo siguen haciendo) para aprender de aquel método o actitud frente a la creación, para beber de sus fuentes de inspiración, para llevarse consejos, o simplemente para disfrutar de la presencia de un maestro imprescindible del teatro latinoamericano y mundial.

En las barbas del Odin

Santiago García no era un hombre: era un ser colectivo, una suerte de creación en grupo que supo trascender fronteras y hacer lo que siempre buscó en el teatro: el placer de dialogar desde el arte, de ser solidario con la realidad social y de disentir con las ideas. Así fue como coincidió con el maestro Eugenio Barba en 1971, creador y director de L´Odin Teatret, en Holstebro (Dinamarca), y se convirtió en el primer creador latinoamericano en ser acogido por esta rotulante figura de la escena mundial. Cinco años después volvieron a coincidir en el Festival de Caracas y allí los lazos de amistad trascendieron la escena y llegaron al compromiso político cuando l´Odín Teatret decidió no presentar la función prevista en aquella edición y, por el contrario, subió al escenario para protestar contra la organización. Santiago y sus “candelos” se sumaron solidariamente a la protesta y se llevaron tras de sí a otros influyentes grupos de la región. En 1983 Barba y sus actores recalaron en la casa de La Candelaria, que acogió su obra “Cenizas de Brecht”, y con la cual se selló ese pacto de solidaridad, de intercambio y de diálogo urgente entre las dos agrupaciones de latitudes distantes, pero cercanas en el oficio de la tozudez, de la obstinación, la terquedad y la tenacidad. En una inspiradora carta de amor a Santiago García, Eugenio Barba dice de él: “Así debía ser Brecht. Un Brecht que el karma había reencarnado en Colombia y que, en vez de utilizar la máscara del sabio chino, se ponía la del campesino colombiano. Pero esas máscaras de sentido común y escepticismo servían para proteger el fuego del inconformismo”.

Del humor y otros inconformismos

Así fue Santiago García, un maestro en colectivo, que se paseaba por el mundo al lado de las grandes figuras del teatro, sin aspavientos de sabio y sí con la llaneza y la carencia de solemnidad que supo ver Eugenio Barba en él. Su humor estuvo siempre acompañándole en sus reflexiones teóricas tanto como en las que hacía en voz alta cuando se preguntaba por el valor del teatro: “Si hiciéramos teatro por razones políticas ya hubiéramos abandonado. Si lo hiciéramos para resolver nuestros problemas de subsistencia, ya habríamos dejado de hacerlo. Entonces ¿Por qué hacemos teatro? Por la razón de la sinrazón… El teatro no lo hago porque lo amo, sino que lo amo porque lo hago; lo amo por la manera como lo hago”.

Hermanado en el humor negro con Woody Allen, Santiago García cumplió a su manera el sueño que alguna vez el director newyorkino expresó sobre la muerte: “Me gustaría que ella llegara cuando yo no esté ahí”. El maestro se fue en medio de la peste, pero él ya no estaba ahí cuando llegó la parca.

*Este texto se publicó originalmente en las páginas de Papel Salmón del diario La Patria.

**Crítico e investigador teatral. Docente de la Universidad de Manizales.