“Historia de una oveja” Los trastes olvidados de la violencia

«Historia De Una Oveja»
Los trates olvidados de la violencia

Wilson Escobar Ramírez*

Un hecho poco común en el teatro es que una actriz deje un objeto importante de la obra en el hotel donde se hospeda y que por ese motivo la función se retrase sensiblemente. Este olvido se presentó en la función inaugural del 53 Festival Internacional de Teatro de Manizales, con Historia de una oveja, de los colombianos Teatro Petra y Teatro Colón.

El episodio se quedó en la simple anécdota, que pronto el público olvidó para dar paso a la más reciente creación de Fabio Rubiano, un dramaturgo que sigue hurgando en el universo de la violencia de este país y ahora centra su interés dramático en un grupo de desplazados: un oveja, una niña y un migrante egipcio.

Pareciera una familia disfuncional (con oveja de por medio es más complejo hablar de familia), pero con el avanzar de la obra y de los personajes por los caminos de la desheredad, se van construyendo las claves dramáticas que están en juego.

Petra nos tiene acostumbrados a esta galería de personajes que andan a medio camino entre la caricatura -ensanchadora y deformadora de una realidad- y la comedia negra, en virtud a la cual explora esa paleta dispar de gestos que van desde el humor criollo, directo y  ramplón (bogotano, las más de las veces, y ahora en tono pastuso, tal vez llanero, quizás boyacense), el sarcasmo y la ironía, hasta el gag inteligente y fugaz que apunta a la risa contenida del público. Se trata de un humor que molesta a muchos cuando se inserta en dramáticas de la realidad; qué le vamos a hacer si hasta el mismo dicho popular lo valida: “Somos una pueblo que se ríe de su propia tragedia”.

S

in embargo, Historia de una oveja va más allá de la risa y va construyendo con sutileza toda una poética de la tragedia que viven miles de personas forzosamente desplazadas por los grupos violentos.

Con un tema tan sensible hoy, especialmente en sociedades como la colombiana que han sufrido este flagelo durante décadas, no es fácil afrontar una propuesta que ofrezca respuestas racionales desde el teatro. Más bien, este profundiza en sus causas y sus causes, teje una mirada otra que intenta poetizar aquello que se ve diariamente en los medios de comunicación y, hoy más que antes, en las redes sociales. Por ello, a la propuesta de Petra nadie le pediría que informe o reporte novedades de última hora sobre los desplazados internos de la violencia. El teatro enfrenta otros desafíos, como el de poetizar con los materiales de la escena aquello que pasa, también, en la realidad. Esto es lo que ha hecho Rubiano y su grupo de actores, humanizarnos el drama a través de unos personajes que simbolizan y, por tanto, universalizan el flagelo: la inocencia de quien ve en la tragedia la aventura, representada en la oveja; el eterno migrante o la revictimización (dirán algunos), expuesta en el egipcio Alí; o la niña tránsito, que además de encarnar con su nombre el espíritu mismo del desplazamiento, representa la rebeldía y la impaciencia de la juventud. Del otro lado, los lobos asechan, a través de la figura estereotipada de “El patrón” (al que solo se nombra) y del “Muñeco”, a través de quien llega el mensaje del horror, el anuncio del desalojo, la intimidación.

Fabio Rubiano se deja, literalmente, la piel sobre el escenario, y no es la oveja esquilada a la que alude el título del montaje. El dramaturgo, director y actor se echa al hombro un cúmulo de personajes variopintos: ahora es la desangelada mandadera, el coach o culebrero de la felicidad, el santo cazador, un cruzroja tardío, el juez de paz y reconciliación. Unos más fugaces que otros, pero todos con un pliegue de gestos que dan cuenta de la versatilidad de un actor con muchas tablas encima.

Son personajes inscritos en una suerte de fábula, pero ya quisiéramos que al final estos trashumantes obligados a un viaje a ninguna parte fueran felices y comieran perdices. La realidad se impone en este tipo de relatos y por ello la historia de esta oveja termina siendo una fábula tenebrista, oscura como la pintura del barroco.

Y si de barroco hablamos, hay qué ver la forma artística de este montaje, con una escenografía potente en imágenes; ilustran, sí, pero se integran a la poética de un simbolismo puro: la ropa en el suelo cava las tumbas de los asesinatos en masa; las túnicas que cuelgan como sudarios de un sacrificio colectivo; los zapatos que vagabundean por el escenario, y a cada tanto son barridos por un escobero que se pasea de aquí para allá recogiendo la “basura” de los que van en tránsito. 

Lla pasajera anécdota del objeto dejado en el hotel cobra fuerza en una escena donde los objetos, cualquiera sea su humilde existencia, simbolizan el rostro olivado de las migraciones forzosas.

*Docente, Universidad de Manizales. Crítico e investigador teatral.