HACER TEATRO CON MIEDO

HACER TEATRO CON MIEDO

Reproducimos el texto de la intervención que hizo Fabio Rubiano, director fundador del Teatro Petra, en la instalación del III Congreso Internacional de Teatro, un espacio académico que reúne a mas de 50 investigadores de Iberoamérica para reflexionar sobre el teatro y la pandemia.

Fabio Rubiano Orjuela

TEATRO PETRA

Es de amplio conocimiento el asesinato de líderes y lideresas sociales, de excombatientes de la guerrilla, de ambientalistas, de jóvenes que protestan; gente que quiere transformar un estado de inequidad, de desigualdad, de violencia.

Y, todo indica que eran un peligro para los intereses de entidades de poder, de poder político, económico, territorial, electoral.

Pero, si hacemos cuentas, no están matando teatreros. Ni actrices ni directoras, ni dramaturgos.

¿Será que no somos tan importantes?

Hay un miedo en nuestra práctica y es la irrelevancia.

Tengo miedo por estar casi seguro de que somos irrelevantes.

¿Cómo renovarnos?

Comienzo. El ser humano es dentro de los seres vivientes quien más convive con temor, con angustia, con terror, con miedo.

Además de eso, y a diferencia de los animales (de otros animales), es quien lo racionaliza, sabe que va a tener miedo frente a un hecho futuro que ya sabe que le da miedo.

O sea, se siente miedo antes del miedo, como una serie de miedos menores frente a los miedos definitivos.

Y, los artistas, en este caso, la gente de artes escénicas hace de ese miedo un motor de creatividad.

Hay una figura en dramaturgia, que para mí es de las más atractivas, y se llama CONFLICTO ANTICIPADO.

No sé si ya se llamaba así, o si el nombre salió de los talleres de creación dramática.

En términos dramatúrgicos podemos decir que uno de los mejores miedos se enmarca ahí, en lo que llamamos CONFLICTO ANTICIPADO. Se puede resumir en: anunciar el mal que va a pasar.

Puede plantearse exacta y puntualmente con todas las características del dolor que voy a sentir (el ejemplo absoluto son los sufrimientos que tendremos en el infierno si no somos enteramente cristianos y humildes, y sumisos y obedientes en la tierra) Joyce en el Retrato del artista adolescente nos lo deja claro:

Y este terrible fuego no aflige las almas de los condenados solamente por fuera sino que cada alma condenada será un infierno dentro de sí misma, abrasada por aquel fuego devorador en sus mismos centros vitales. ¡Oh, cuan terrible es la suerte de aquellos miserables seres! La sangre bulle y hierve en sus venas, los sesos se les abrasan en el cráneo, el corazón se les quema en el pecho como un ascua, sus intestinos son una masa rojiza de ardiente pulpa, sus tiernos ojos llamean como globos candentes.

Más específico no puede ser.

Pero también, sin ser específico, hay miedos iguales o peores. Se puede hablar de un mal genérico que llegará. “Algo malo va a pasar”

En nuestra vida doméstica, en el mundo cotidiano, de pareja, o de vida familiar, el conflicto anticipado más famoso se resume en una frase que hemos escuchado, y es: “tenemos que hablar”

O, cuando teníamos siete años, o un poco más o un poco menos, la gente de mi generación (espero que eso haya cambiado, que padres y madres de esta época no digan eso) escuchábamos una frase cuando estábamos de visita en la casa de algún pariente, y cometíamos una imprudencia, decíamos algo que no debíamos, o regábamos el vaso de jugo en la mesa de la tía pudiente, o del primo que iba a hacer el préstamo. La frase era dicha al oído muy suave por papá o mamá: “en la casa arreglamos”.

No había una descripción de las cosas que iban a pasar, pero ya sabíamos que el futuro no era bueno.

En Teatro, el Conflicto anticipado, o sea el miedo, está presente cada día, en cada ensayo, en cada idea, en todas las preguntas que me hago.

La primera pregunta repleta de miedo es “¿Y si la gente se aburre?, ¿Si la obra es aburrida?”

Ni siquiera nos preguntamos si la obra es mala o buena. El mayor temor es que sea aburrida.

¿Y si esta charla es aburrida, si no es lo suficientemente académica para una audiencia tan estructurada?

Podríamos hacer una lista de miedos sobre lo que pasa por nuestras cabezas a la hora de escribir, dirigir, estructurar, actuar. No acabaríamos.

Pero no solo, en el ámbito escénico somos víctimas del miedo, también causantes.

Hace unos días hablábamos con un grupo de actores y actrices sobre la generación de miedos y terrores, de cómo ciertos directores (en masculino) asumían el terror, y el infundir miedo como mecanismo creativo.

Mi tesis era que esa práctica de descomponer en escena a un actor o una actriz para que se conecte con sus emociones, y encuentre los caminos hacia su personaje, ya había desaparecido, pero cuando comenzaron a salir ejemplos me di cuenta de que no.

La lista de frases y acciones era sorprendente. Alguien refirió el caso de un director, joven, que tenía una grabación con la cortina musical del Chavo del ocho, y la amplificaba cada vez que una actriz se equivocaba en los ensayos, o en el momento del rodaje; otro exponía la hoja de vida del actor que venía de una formación rigurosa, y como su “escuela” le había enseñado a actuar, pero no a actuar esta escena.

Otro hacía el gran chiste sobre el físico, y un largo etcétera.

Volviendo al Conflicto anticipado, el miedo de estas actrices, y estos actores, después de estos “chistes” era constante, en las noches se pensaba en el ataque del día siguiente, en lo mal que la pasaría. Volvían los terrores infantiles cuando se pensaba que de la parte de abajo de la cama saldría un monstruo, y por más veces que mirábamos debajo nunca llegaba la certeza de que no estaba ahí. Miedo sostenido y permanente no de lo que pasa, sino de lo que va a pasar.

Tenemos dos acciones concretas y continuas: el hecho que me genera terror que vendrá en un futuro cercano, y el miedo presente por el hecho que llegará.

El hecho puede que nunca llegue, pero el miedo siempre va a estar.

Los gobernantes, los que no quieren dejar el poder, saben muy bien eso, manejan muy bien la dramaturgia. Tienen la lucidez absoluta de como instalar los referentes simbólicos en una sociedad, los manuales son claros, todos hemos escuchado el primer punto del manual: un enemigo común. Ese enemigo común, por lo general es imaginario, y es y será el causante de todos los males. Y, con eso ganan seguidores, adeptos, votos, presidencias. Manejan el país.

Todo indica que, aunque les tildemos de ser ejemplos de brutalidad, de estupidez, de idiotez, de inutilidad…  Son mucho mas hábiles que nosotros, y con mayor creatividad.

No digo con esto que el Teatro deba hacer una labor proselitista, y de partido, no. Solo pienso en lo bien que manejamos y convivimos con el miedo, pero son otros (me refiero a aquellas entidades y personas que instalan todos los dolores y fallas de nuestra sociedad, y sobre lo que versan muchas de nuestras obras), son ellos y ellas quienes tiene el poder, y dejan que nos burlemos, y seamos irónicos, y poéticos, y alternativos, y rebeldes; pero NO LES GENERAMOS MIEDO.

Sin embargo, gritamos a los cuatro vientos lo poderoso que es el teatro, la importancia que tiene para la sociedad, el espíritu crítico; y llega un momento en el que nos lo creemos.

Por supuesto que hacemos una crítica constante, y unas preguntas frecuentes sobre nuestra sociedad, pero no alcanza a repercutir lo suficiente.

Gracias a Arthur Miller se crea el concepto “Cacería de brujas”, y se da por una obra de Teatro en un juego poético e histórico acerca de los hechos atroces contra artistas en la mitad del siglo XX en Estados Unidos. El complejo de Edipo viene por una obra de Teatro, el síndrome de Madame Bovary, o de Ana Karenina vienen de la literatura.

Hay que recuperar ese poder, en esta época convulsionada, más que en cualquier otra, más injusta exponencialmente por los millones de personas viviendo en condiciones de extrema crueldad, es urgente ampliar el radio de acción.

El teatro no descubre nada, sabemos que no puede dar respuestas; que continuamos haciéndonos preguntas, que en la búsqueda de esa pregunta esencial puede estar la razón del teatro.

Hacemos ficción, navegamos en lo incierto, en lo que NO es cierto.

El teatro plantea interrogantes, tiene una posición dudosa, no una posición moral. La ética teatral reside en no tener certezas morales, y, en cambio sí cometer todos los pecados.

El miedo a estar en el lado equivocado nos puede ubicar en el lado equivocado.

La repetición del mismo discurso, y los mismos mecanismos de creación nos pueden seguir dejando en el mismo lugar insignificante, donde no producimos miedo.

Si estamos en un festival cuyo eje es la verdad, digámonos la verdad. Hay otros tipos de prácticas, y de géneros teatrales que acogen más público, y tienen más repercusión. Hay habilidades políticas que conectan más con la audiencia. Pero aquí seguimos pensando que nosotros lo hacemos mejor.

Sigamos teniéndole miedo a la represión, al asesinato, a la desaparición, a la ausencia de recursos, a la pandemia, pero no dejemos de tenernos miedo a nosotros mismos.

Hacemos teatro con miedo, pero también tenemos que generar miedo.

¿Cómo?

No lo responderé yo.

Pero sí me lo pregunto.

Hago teatro.