En el espectro visible. Los artistas perplejos bajo la carpa de Jarry

En el espectro visible
Los artistas perplejos bajo la carpa de Jarry

“El misterio, solo el misterio, es el que nos hace vivir” Kafka.

Wilson Escobar Ramírez*

Y sí, otra vez Matacandelas irrumpe en el Festival siempre reinventado, siempre irreverente, sin marcos, ni corsés, ni ataduras. Ahora lo hace debajo de la túnica espectral de la pandemia para hablarnos (en tono de velada patafísca?) de eso que tanto clamábamos como seres gregarios: la presencia compartida.

Marcados por meses de ausencias físicas y emocionales, este show de variedades nos acerca a esa idea de presencia donde lo “visible” se aparece como una fantasmagoría, como un espectro surreal que reta al espectador a abandonar el uso de la razón, de la comprensión, y a cambio le propone que se entregue a una experiencia vívida, donde la música, las imágenes, los títeres y el actor se funden en esa búsqueda de ideal wagneriano del teatro total.

En el espectro visible pareciera un montaje pretensioso por la confluencia en él de distintas expresiones artísticas, pero esta idea desaparece cuando se conocen sus orígenes, anclados más en la solidaridad y urgencia de diálogos entre artistas y colectivos provenientes de distintas vertientes: además de Matacandelas con su grupo de actores, están la Corporación Común y Corriente, que construye los textos literarios y las imágenes audiovisuales, y Gordon Proyect con su orquesta de músicos sobre el escenario. 

Hay aquí una respuesta contracultural a las limitaciones impuestas durante  la pandemia, que en principio se expresó en forma de magazín para televisión, en el afán por encontrar otras formas de distribución y circulación de sus productos en medio de la crisis sanitaria. Al festival llegó en forma de montaje escénico para presenciar en directo.

Sin que se vea claramente, quisiera pensar que detrás de este patafísico divertimento está Alfred Jarry, con toda la carga provocadora de un surrealismo exacerbado que le sienta bien a estos tiempos de entrepandemia, a la que -se dice- le sucederá la pandemia de patologías neuronales, derivas de las nebulosas que provocaron los tiempos detenidos en las UCI, los sentimientos de pérdida y duelos no cerrados, el aislamiento emocional…

Existe desde el comienzo de la función en el auditorio de la Universidad Nacional, en Manizales, un contrato sutil entre artistas y espectadores para comulgar con una idea bastante abstracta, la del término “espectro”, en el doble sentido de la aparición fantasmal y la del rango de cualidades (?), como escriben en el encriptado resumen del catálogo.

Quizás la clave para acercarnos a esta polisémica provocación sea la potente presencia del títere esquizoide, entrañable por demás, que hace las delicias de este circo de variedades con sus delirios y desequilibrios emocionales, producto del abandono al que ha sido sometido y al trastorno de múltiple personalidad con los cientos de voces que anidan en su mente. El títere literalmente se revela constantemente como una aparición en una suerte de teatrino desde el cual interlocuta con un personaje-actor, que como bien se cambia de trajes a cada tanto, hace las veces de constructor de sonidos en vivo; pero el títere también se rebela contra su manipulador, se resiste a ser manipulado, entra en tensión con su creador. Se trata de una microhistoria que como las apariciones, los fantasmas, las imágenes surrealistas, no tienen principio ni fin, pertenecen a un mundo regido por las excepciones a la realidad, de allí el contrato emocional y visceral de este montaje con la ciencia de la patafísica.

Mucho de lo que se alcanza a ver no se deja entender en este divertimento, precisamente porque todo está corrido de su sitio, como la narración de acontecimientos históricos (la llegada de los españoles a Colombia, por ejemplo) en el tono de un partido de futbol, o los celos entre dos filósofos puestos en código de telenovela de cuatro de la tarde.  A esta altura, el público se sabe parte de la magia del acontecimiento, de algo que sucede en la escena, que le divierte por el misterio y la incomprensión que encierra. Es la magia de la palabra que emiten los actores de carne y hueso que están allí presentes, pero también de esos otros actores naturales, variopintos, que han sido grabados en imágenes para dar testimonio de sus credos religiosos y espirituales, del perdón, del reclamo por el amor y la justicia social.  Y la música ahí, de fondo, haciendo de telonera de estas imágenes espectrales, con sus ritmos colombianos, alegres, que invitan a bailar bajo esta carpa imaginaria, en donde antes pudieron surgir las apariciones Lynchianas de Muholland Drive.

*Docente Universidad de Manizales. Crítico e investigador teatral.