Construyendo paz

Construyendo paz

El grupo Corporación Cultural Camaleón de Urabá establecido desde el año 2001 en Apartadó, viene desde su inicio y bajo la dirección de Maria Victoria Suaza, (Licenciada en Educación de la Universidad de Antioquia), promoviendo el arte y la cultura, basados en que el teatro constituye una herramienta que posibilita acercar la cultura y servir como herramienta para permitir a un pueblo tan abandonado y desesperanzado, volverse consciente de que la transformación, puede ser posible.

El sometimiento por medio de oscuras fuerzas, el abandono por parte de los gobiernos de todas las épocas, los desplazamientos, los reclutamientos forzosos, la inducción en cultivos ilícitos y un largo etcétera de desgracias, han asolado estos territorios, con los cuales se tiene una deuda histórica, que debe empezar a ser asumida, la paciencia no es infinita.

El problema no es coyuntural, es estructural pues según las cifras oficiales del Censo Agropecuario, en Colombia el 1% de la población ocupa el 81% de la tierra. A su vez, las explotaciones agrícolas menores a 10 hectáreas representan el 81% del total de explotaciones, pero ocupan apenas el 5% del área total. Esta inequidad ha sido uno de los principales factores de conflictividad social en el país y está profundamente ligada a las causas estructurales del conflicto armado. Sin tener en cuenta los desplazamientos y la asignación irregular de baldíos.

Uno de los resultados de la Corporación Cultural Camaleón de Urabá ha sido el ser escogida por el Festival Internacional de Teatro de Manizales, como muestra de ese ingente trabajo que han sabido realizar y lo vemos plasmado en la obra Erase una vez un pueblo bello, con la dirección y participación actoral, de Maria Victoria Suaza, al igual que otros personajes autóctonos de la región. Con una escenografía mínima, la música que enmarca todo el relato, es ejecutada tanto en la tambora como en otros instrumentos por orgullosos habitantes de Urabá.

La obra constituye en sí un verdadero documento para la recuperación de la memoria histórica, de la masacre cometida en Pueblo Bello, Antioquia el 14 de enero de 1990, con fines no solo de recordación, si no de reflexión, perdón y reconciliación, para tratar de lograr la no repetición, como ha sido la propuesta de paz. El bullerengue, la danza, la poesía, la música como elementos teatrales, van narrando la historia.

La alegría de un pueblo que vive fundamentalmente de la ganadería, el cultivo del banano y la pesca, que aunque con carencias, sabe también divertirse se va mostrando en su cotidianidad, sus oficios, tanto el de los hombres como el de las mujeres, y sus fiestas al son de la tambora y las danzas autóctonas, vemos así atareados cuatro hombres, cuatro mujeres, la mayor de ellas madre de alguien que es como el patrón, pero afable en medio de su seriedad, tratando de criar a una hija adolecente y un poco caprichosa.

Las cosas comienzan a ensombrecerse con el anuncio de la llegada de gente desconocida que efectivamente entra a perturbar esa calma. Tras varias incursiones que fueron anunciadas como de imposición de orden, empieza su acción de terror, no solo con amenazas veladas, sino con realizaciones concretas. Esa ya será tierra de nadie, pues todos querrán huir ante la inminencia del peligro, aunque otros consideraran que no tienen porqué, ni de qué huir.

Esta violencia hará que se escuche la queja de una madre “En una tierra en donde las madres enterramos a los hijos, es porque estamos mal”, y si además se considera que hablar con un negro constituye un acto de caridad, es mucho desprecio. Tanta sangre derramada y tanto dolor infligido, el escuchar puertas y ventanas que se cierran por el abandono de sus dueños, no es solo una pesadilla, es una realidad ubicua. Cuarenta y tres campesinos fueron exterminados como animales, pero las bestias eran otros.

Y como si no fuera suficiente, la queja lastimera de un doliente, suplicando por saber en donde están sus muertos, ¡descorazona! Pero estas personas que han sufrido tanta humillación, carencias y ausencias, aun tiene el coraje de cantar a plena voz “Urabenses somos todos, cantaremos para crecer en la tierra que queremos, ¡Urabenses somos todos!”.

Muy conmovedor el mensaje final de agradecimiento a la oportunidad que les dio el Festival de mostrar su fortaleza y su calidad artística que fue ovacionada de pie por el público en estruendoso y continuo aplauso.

Germán Sarasty Moncada
Profesional en Filosofía y Letras
Universidad de Caldas